Notas de prensa y otras hierbas

Antonio Machado, poeta del tiempo

 

Se ha dicho o suele afirmarse que Antonio Machado es «el poeta del tiempo». Incluso él se ocupa del tiempo en la poesía, en su libro Juan de Mairena. No del tiempo meteorológico, mal llamado clima, clima es otra cosa. Hablamos del tiempo en el sentido más común o general, el tiempo «que pasa», los días, las horas, los minutos, los segundos, los años… el transcurrir del día a la noche, de la niñez a la vejez.

Pero cómo «trabaja»  o construye el tiempo en su poesía Antonio Machado. Veamos el siguiente poema:

ORILLAS DEL DUERO

       Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario.

Girando en torno a la torre y al caserón solitario,

ya las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno,

de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno.

 

                Es una tibia mañana.

El sol calienta un poquito la pobre tierra soriana.

 

      Pasados los verdes pinos,

casi azules, primavera

se ve brotar en los finos

chopos de la carretera

y del río. El Duero corre, terso y mudo, mansamente.

El campo parece, más que joven, adolescente.

 

      Entre las hierbas alguna humilde flor ha nacido,

azul o blanca. ¡Belleza del campo apenas florido,

y mística primavera!

 

      ¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,

espuma de la montaña

ante la azul lejanía,

sol del día, claro día!

¡Hermosa tierra de España!

Me detendré en lo subrayado:

–Se ha asomado una cigüeña: es decir, aparece, antes no estaba, la cigüeña: marca de tiempo, no importa acá lo gramatical, si es pretérito perfecto o qué. Podría haber sido «se asoma» o «se asomará». Lo que importa acá es la elección de la palabra «asomarse». Recordemos «febo asoma». No había sol, ahora hay; no había cigüeña, ahora hay. Tiempo. La palabra asomarse trae de su origen (somo, summum, es decir «altura») la idea de algo que sobresale.

–Ya las golondrinas chillan: es decir, comenzaron a chillar, porque viene un nuevo tiempo, la primavera, veremos más adelante. Marca de tiempo con una imagen auditiva: había silencio, que se rompe con el chillido de las golondrinas. Del silencio pasamos al no silencio.

–Es una tibia mañana/ el sol calienta un poquito: tibia supone una anterioridad no tibia o fría, gracias a que el sol calienta un poquito, no mucho, porque volvemos a que es primavera. Otra marca de tiempo: calentar lleva tiempo, no es algo que ocurre inmediata ni intensamente, no es el verano o, esa palabra tan hermosa: estío.

–Verdes pinos/ casi azules: pasaje de color, de verde a casi azul. Otra marca de movimiento. El tiempo es movimiento ahora cromático. Vamos viendo cómo todo en este poema indica movimiento: la inminencia de la primavera, anunciada con la aparición de la cigüeña en lo alto del campanario (visual), más las golondrinas que rompen el silencio y ahora el verde que es casi azul de los pinos.

 

–Brotar: brotan los chopos, es decir los álamos. Veremos que todo indica en el poema la llegada de la primavera, y brotar es la acción por excelencia en el reino plantae. Brotar actualiza el asomar del primer verso. Podríamos decir que un brote es vida que se asoma, por qué no. Y traemos como al pasar estas palabras del poeta coreano Choi Seung-Ho: «La palabra es silencio brotado».

–El Duero corre, terso y mudo, mansamente: correr, el Duero y el tiempo corren, el trillado río de Heráclito: el río es tiempo que pasa y cambia, el tiempo es un río. Y además este río de España no corre de cualquier modo, es manso, terso, hasta mudo. Sabemos que algo de ruido hace el agua al correr pero es casi imperceptible. No rompe el silencio como el chillido de las golondrinas. El Duero como testigo casi mudo, como rumor de fondo de toda la escena. Recordemos que el poema se titula Orillas del Duero.

–El campo parece, más que joven, adolescente. Notable cómo elige las palabras Machado. Dice que el campo «parece», no es taxativo, no dice el campo «es» joven, y además aminora esta juventud diciendo que más que joven el campo parece adolescente. Tiempo vital, la adolescencia, fin de la niñez, otra vez pasaje, tiempo. Si hay una edad de transición en la vida de una persona es la adolescencia, la edad más temporaria de todas, muy fugaz pero a la vez decisiva. ¿Dice el poema que este campo adolescente pronto cambiará o que este campo es cambiante como una persona adolescente y que es imposible retenerlo o detenerlo, cristalizarlo, que no volverá a ser el mismo, como no se vuelve a la adolescencia ni a la niñez?

–Alguna humilde flor ha nacido: no dice «las flores han nacido» sino alguna humilde flor, sutileza, incertidumbre, imprecisión. Agrega que la flor puede ser azul o blanca. El tiempo es impreciso por antonomasia, es imposible fijarlo, detenerlo. No importa tanto el color como la flor. Y luego la palabra clave de toda vida: nacimiento: alguna humilde flor ha nacido. Tiempo primordial. Para dejar de ser nada, se debe nacer. Naciendo se comienza a ser. Comienzo: tiempo. Además, humilde nos remite al principio de poema, donde dice «pobre tierra soriana».

 

–Campo «apenas» florido: apenas, otra palabra de pasaje, de tiempo, que enlaza con asomarse y brotar.

–Mística primavera: el poema podría terminar aquí y sería suficiente. Lo que sigue será una suerte de apelación publicitaria a la belleza de la tierra de España, a mi criterio innecesaria. Pero por qué «mística» primavera… Lo místico es lo misterioso. Lo que es imposible o difícil de comprender o que no se puede interpretar con la razón. Quién puede explicar acaso lo que significa nacer, brotar, el correr del río. Qué sentido tendría aquí, además, «explicar» (decir en lenguaje informativo o científico) semejantes hechos.

Hay más notas de tiempo en el poema pero con las nombradas es suficiente. Quiero señalar por último el momento crucial del poema: la expresión «se ve» (primavera se ve brotar). Es decir, no es una persona viendo sino que todos podemos ver eso que se está describiendo. Posición horizontal de poeta, lo que veo otros lo ven. No soy un iluminado ni un superdotado, ni el primero ni el último que ha visto. Anoto lo que veo y comparto esta visión. Esta es la poesía que amo. Recuerdo a Lionel Ray, el poeta francés, que a la pregunta recurrente que se les hace a los escritores «¿cómo ve usted el mundo?», responde afirmando: «Como lo ve usted». En estas dos palabritas, sospecho, está el corazón del poema si nos centramos en la enunciación o en el «punto de vista»: «se ve». Podemos seguir analizando este presente, que instaura un cierto absoluto enunciativo: no hay evocación, lo que se dice se ve, se está viendo. El poema construye un presente absoluto a medida que se yergue. Esta idea de que un poema es poesía erguida es de Octavio Paz (El arco y la lira).

Este  poema de Machado se yergue, entonces, para mostrarnos la llegada de la primavera, la aparición de algo que no estaba y que se anuncia y enuncia con mínimas –pero contundentes para la mirada del escritor– evidencias: una cigüeña que se asoma, el chillido de las golondrinas, el comienzo de la tibieza gracias al sol que calienta un poquito, el pasaje del verde al azul de los pinos, el brotar de los álamos, el río silencioso… Y la primavera es mística, misteriosa, porque todo renacimiento, año a año, es un misterio. Morimos en invierno y renacemos en primavera. Todo manifiesta tiempo en este poema de Antonio Machado. Por eso se lo ha calificado como poeta del tiempo. ¿Hay mayor misterio que el tiempo?

Junio 1986-octubre 2018.

———————————————————————————————————————————————————————–

Decir el dolor

Sobre un poema de Roque Dalton

Toda palabra supone un movimiento. El primario: salir del silencio. El silencio sería el punto de reposo y todo lo que no es silencio es ya otra cosa. Esa otra cosa puede ser lenguaje. Obviamente, también puede ser sonido no lingüístico, ruido, sonido complejo (música)… Pero detengámonos en la relación silencio-lenguaje y, más específicamente, silencio-lenguaje en tanto arte, es decir: silencio-poesía.

Veamos el siguiente poema de Roque Dalton.

La cabeza contra el muro (conclusión filosófico-moral)

La materia es dura,
la materia es indestructible:
por lo tanto,
la materia es incomprensiva,
la materia
es cruel.

¿Cómo es el movimiento del silencio a la poesía que ocurre en este poema? Yo diría que el silencio busca profundizar, hacer un agujero o abrir una grieta en el «lugar» donde se sitúa él mismo (el silencio). En otras palabras, en este poema hay una reflexión. El lenguaje pregunta por la materia, pero partiendo de afirmaciones obvias: la materia es dura. O mejor dicho fijando que la materia, aunque puede no ser dura, es dura en este texto, por definición. La materia es dura o siempre será más dura que lo que no es materia. Y la reflexión, el pozo, avanza: la materia es indestructible. Y estas primeras dos afirmaciones vemos que serán premisas, hipótesis o antecedentes de una conclusión (se anuncia en el título que lo que se viene es una conclusión): por lo tanto, la materia es incomprensiva, la materia es cruel. La palabra incomprensiva toma a su cargo la parte filosófica, y la palabra cruel, la parte moral. Lo que no se puede comprender ni modificar (indestructible) es cruel. La palabra cruel está emparentada con las palabras crudo y crudeza, que en latín se refieren a algo que sangra. Lo crudo supone sangre. El diccionario castellano agrega que lo cruel es lo inhumano. La materia es inhumana. Se funden ahora lo filosófico con lo moral. Cruel es no comprender (la materia es incomprensiva), cruel es lo inabarcable, lo que escapa al entendimiento, y entonces escapa al lenguaje. La materia es inhumana, lo inhumano es aquello que no considera el dolor. Acciones inhumanas. Materia contra humanidad. Balas que entran a cuerpos: plomo en sangre. Pero es el poema precisamente el que busca un sentido y escande e intenta decir: no comprender produce dolor y el dolor es incomprensible, inexplicable. La cabeza (humanidad) se da contra el muro (materia), y del choque brota sangre. Lo que duele, duele más y sobre todo sin palabras. La proeza de este poema radica en salir del silencio para decir el dolor.

Setiembre de 2018.

———————————————————————————————————————————————————————-

Trascender

A raíz de la injusta separación de Pilar Piñeyrúa de la dirección de la Editorial de la Universidad Nacional de Cuyo (Ediunc).

Trascender: opinión sobre la separación de Piñeyrúa de la Ediunc - Por Juan López

Por estos días, en la Ediunc estamos de luto. No, no se preocupen, no murió nadie. Sí murió una editorial. La editorial que René Gotthelf fundó y dirigió durante décadas, junto con muchas personas que trabajaron y publicaron libros muy importantes, que aún hoy piden reedición. La editorial que con Pilar Piñeyrúa tomó nuevos rumbos, y estoy seguro de que pudo hacerlo porque tuvo bases sólidas, como ya dije: la prestigiosa y muy bien posicionada Ediunc, que fue edificada por un gran equipo editorial, por docentes y funcionarios universitarios responsables y con René Gotthelf a la cabeza.

Hoy Pilar no está en la editorial. En su lugar, la nueva directora es una doctora en lingüística que trae muy buenas intenciones y, además, trae mejoras y confianza, es decir, todo eso que se le negó sistemáticamente a la editorial en los últimos cuatro años. Sepa usted, nuestra nueva autoridad, que no tenemos nada en su contra: nos consta que no tuvo nada que ver con el injusto despido de Pilar. Y como lo que nos apasiona es hacer libros, pues le vamos a poner todas las pilas a la nueva gestión –es decir, las que venimos poniendo hace muchos años– y vamos a tratar de sacarle el jugo lo máximo posible. Ojalá sepan aprovecharnos: somos aceptablemente buenos haciendo libros, aunque sin Pilar no tanto.

Pilar no está. Quienes la echaron de la peor manera carecen de nuestro respeto. Uso el plural porque los responsables de esta situación son varios, no es uno solo. Nunca habla ni actúa ni hace ni calla una sola persona, una sola voz (como ahora, que estamos hablando, mínimo, mi almohada, mi compañera y yo). Sé que con estas afirmaciones no le estoy faltando el respeto a nadie. Al contrario, lo estoy respetando más que nunca, porque como nos inculcó Roberto Arlt, no hay mayor bien que la sinceridad. Además, algo obvio, si se está en un cargo público, no se espere que solamente se den a conocer las buenas noticias, y las malas se oculten o se escondan bajo la alfombra. Por otra parte, es bastante evidente que estoy ejerciendo mi derecho a opinar y mi juicio crítico, algo que aprendí no solamente en mi familia y en la calle, sino también en la escuela y en la universidad.

Quienes quedamos en la editorial y conformamos su equipo original no nos vamos con Pilar porque, como ella, tenemos bocas que alimentar –principalmente, la propia– y porque un soldado no abandona la trinchera porque caiga el capitán. (De todos modos, repito: esto que estoy diciendo es a título personal). Bueno, sí, a veces hay soldados que abandonan. No será nuestro caso. La historia continúa. Ojalá no haya más despidos. De todos modos, atenti, si intentan echar más personas de la Ediunc, sepan que al menos yo voy a oponerme y a reclamar, no porque sea belicoso por naturaleza o por deporte, simplemente porque hay leyes que nos amparan, basadas en nuestros derechos como trabajadores. Pero claro, han cortado el hilo por lo más grueso: si se pretende echar a la persona más capacitada del equipo, qué queda para nosotros, que venimos muy atrás y estamos a años luz profesionalmente de Pilar.

Pilar no está, pero no perdemos la esperanza de que regrese. No es ni fue perfecta, porque fue y sigue siendo humana. Anoten, pues, de una vez, autoridades universitarias de turno, esta palabra que vienen desusando o parecen haber olvidado temporariamente: humanidad.

Antes de finalizar, una reflexión más: con esto que estoy escribiendo no estoy «quemando naves» ni sumándome a una conspiración contra el rector y su equipo. Estoy actuando de acuerdo con mis convicciones (estamos, con mi almohada y mi compañera), porque entiendo que separar a Pilar Piñeyrúa de la dirección de la Ediunc es una medida absolutamente arbitraria. Y también entiendo que hay tiempo para que las autoridades de la universidad reflexionen, reconozcan la injusticia que están cometiendo y vuelvan sobre sus pasos. Esto, más allá de que todo parece indicar que se han violado los procedimientos y las resoluciones universitarias. Discúlpenme, es que sigo teniendo esperanza. Y espero, entonces y también, recuperar el respeto que he perdido por estos días por las autoridades universitarias.

Pilar no está. Cuando estoy en la editorial, tengo que pasar, inevitablemente, varias veces por la puerta de la que fue su oficina. Y cada vez que paso la veo, la imagino, la necesito. Entablo conversaciones imaginarias con ella, le pregunto y me responde y me soluciona la duda que vengo arrastrando sobre tal o cual asunto de edición.

Pilar –quiero creer que por ahora– no está, pero ha sido tan decisiva su tarea en la Ediunc en los últimos ocho años, que los que quedamos ya sabemos lo que tenemos que hacer. Eso, me parece, es lo que se llama trascender.

* Juan López es editor y corrector en Ediunc, donde además dirige la colección Literaturas.

(https://losandes.com.ar/article/view?slug=trascender-opinion-sobre-la-separacion-de-pineyrua-de-la-ediunc-por-juan-lopez)

«Esperando que la belleza realice su jugada»

Sobre el libro de poemas Se llama Epífora, de Tony Zalazar. Corrientes, Instituto de Cultura, 2017. Primer premio del concurso Juan José Folguerá.

Llegó a mis manos un libro notable: Se llama Epífora. Su autor es Antonio Marcos Zalazar, más conocido como Tony Zalazar (Chaco, 1980). Escritor, docente, editor, promotor cultural, tallerista literario y, nos enteramos ahora, de niño, jardinero.

El poeta Osvaldo Bossi elogia en la contratapa estos poemas y dice textualmente: «Hace tiempo que no leo un libro tan hermoso, tan conmovedor como este». Y no queda más que coincidir con Bossi.

Es un libro despojado, breve, de pocos poemas, centrados en la madre, tenemos que suponer, del poeta o de la voz lírica. Esta voz es fresca, atenta y sobre todo entrañable. Cansados como estamos de leer poesía inteligente escrita de forma correcta e incluso impecable pero sin corazón, viene a darnos oxígeno y hondura Se llama Epífora, que en la cubierta incluye el agregado explicativo «derrame inmanejable de las lágrimas».

Pero qué hace hermosos y conmovedores a estos poemas. No lo sabemos bien, pero predominan y centran los poemas las escenas maternales, recordadas o reconstruidas por el hijo, la voz que yergue los textos. No es fácil tomar o retomar un tópico tan transitado y vernos sorprendidos o encontrarnos desprevenidos. Escenas cotidianas, como el hecho de colocarse un buzo recién planchado, tibio aún, que la madre entrega al hijo para que el pecho se le abra. Madre e hijo mirando el cielo; aprendiendo, apreciando y contemplando los nombres de plantas y flores de un posible o imaginario jardín propio y de jardines ajenos.

Zalazar mostró y demostró en sus relatos del libro Carece de madurez (Resistencia,  ConTexto Libros, 2013) su notable dominio de la descripción realista o hasta podría decirse microrrealista. Elabora y trabaja la narración y las descripciones siempre a partir de visiones, vivencias o experiencias («erlebnis» le llamaban los románticos alemanes) inmediatas, cercanas, cotidianas. Pero su arte radica en que logra enlazarlas y hacerlas ascender de estatuto y convertirlas en momentos trascendentes. También anuncia Zalazar en sus relatos una notable utilización de diminutivos, y no en sentido irónico sino rumbo al encuentro de una dicción que no reniega de la ternura. Cómo no escuchar, en esas formas, ecos de la voz de Gelman. Tierno es lo que apenas nace, surge, lo que se asoma, lo incipiente, y el poeta nos hace experimentar ese movimiento de ver nada a ver algo, de ser nada a ser algo, de no sentir a sentir.

Avanzando en la lectura vamos descubriendo predominio de versos largos pero medidos: endecasílabos, es decir de once sílabas, y también de doce, de diez y de nueve. ¿Qué importancia pueden tener estas medidas? Justamente eso: la dicción utiliza pero además trasciende el octosílabo, tan común en la lengua cotidiana del castellano, y a la vez se contiene de transitar el verso extenso sin medida ni ritmo. No es fácil, pero el poeta encuentra en esas extensiones la materia sonora y el peso o espacio semántico que necesita para sus versos. Veamos:

Porque una madre hipersensible
chupa todo sufrir del universo.

(…)

Mamá nombraba con piedad
las propiedades de las flores.

(…)

Veíamos juntos ese estar inútil de las estrellas
ese estar tan bellamente para nada
para el ocio para la poesía
para que mamá me haga viajar
al brillo distante de los ancestros.

Retomo las palabras de Bossi, que señala también: «En Se llama Epífora nos encontramos con una profecía al revés, es decir, con una epifanía del comienzo. Leerlo es regresar».

Diálogo

Esta obra puede ponerse a dialogar con otro libro de poemas aparecido recientemente, en contraste. Me refiero a Nina nombre de guerra, de Maite Esquerré (Deacá, Villa Mercedes, 2016). El tema de la madre centra los poemas, así como en la obra de Zalazar, solamente que en casi perfecto negativo: la autora y su voz lírica intentan reconstruir a Adriana Delaunay, mamá de Maite, fallecida cuando su hija tenía cinco años. (https://revistachampa.wordpress.com/2016/12/09/nina-nombre-de-guerra/).

A la madre omnipresente de Se llama Epífora se contrapone, en Nina… la madre perdida y buscada, reconstruida líricamente por su hija, a partir de recuerdos propios y de familiares y amigos, anotaciones,  lecturas, testimonios de quienes la conocieron. Y no obstante las diferencias, coinciden las dos obras en que no caen ni en la cursilería ni en el patetismo, ni en la obviedad ni en el desahogo.

Debemos celebrar que las y los poetas creen, reconstruyan y recreen sus tránsitos vitales más entrañables. Que saquen a la luz sus voces y, en estos casos, enriquezcan ese debate, diálogo, interrogante, ese magma permanente que es tener, en un arco de infinitas posibilidades, madre. Imagino entonces que la voz de Zalazar le dice a la de Esquerré:

Ver borroso también aclara
un poco las cosas.

Finalmente, la belleza ha realizado su jugada.

J. L., mayo de 2018

Escribir como una chica

Sobre la antología Write Like a Girl!, con textos de Victoria Urquiza, Sofía Criach, Noelia Agüero, Marinés Scelta, Constanza Correa Lust y Malena Orozco.

«La lengua alcanza en la poesía su máxima tensión y profundidad
y su manifestación más acuciante». (Jorge Monteleone).

 

Si nos tomamos en serio al socio-filósofo de moda Byung-Chul Han, todo verdadero hecho literario atenta contra o se resiste a la sociedad de la transparencia. Por su opacidad, por su irreductibilidad a mera información, por su oposición a la uniformidad y a ingresar en la lógica del rendimiento económico. Hace un año, irrumpió en la provincia de Mendoza –y fuera de sus fronteras también– el colectivo literario Like Write a Girl! Lo que sigue no tiene intenciones explicativas sino principalmente descriptivas, convencidos como estamos de que la poesía que puede explicarse es poesía muerta o, simplemente, no es poesía.

Son seis escritoras «mendocinas» que se reúnen en un libro publicado en marzo del año pasado, 2017. Un libro que comienza con un manifiesto. Un manifiesto que manifiesta «sí es política, también intimidad», «no es vendimia ni coronita», «es parricidio y sororidad», «es el cuarto propio y las ventanas abiertas».

El grupo se bautiza Write Like a Girl! (en adelante, WLG), en alusión a Fight like a girl. Pelea como una chica. Las chicas también sabemos pelear, también sabemos escribir. Porque «las mujeres hemos quedado en la sombra» y «el desierto está lleno de mujeres». Dicen, explicando la frase en inglés que las presenta, que «escribir como una chica es cambiar, probar, experimentar, ser, renacer, renacerse, verse, vivirse, revivirse en cada texto. Será por eso que no aceptamos formas fijas».

WLG se autodefine como un colectivo, de mujeres, escritoras, «que busca generar un lugar para artistas mujeres, abriendo espacios de creación, experimentación y difusión». El libro, cuyo título completo es Write Like a Girl! Antología de poetas mendocinas, va por su tercera edición, según consta en el que tengo en mis manos. Lo publica el sello «Peces de ciudad», en la colección de poesía «El primero en olvidar», con edición y diseño de interiores de Sebastián González y diagramación de tapa y postal (cada ejemplar viene con una) de Rodolfo González Furkert. Esta tercera edición, de setiembre de 2017, fue impresa en Buenos Aires por Soledad Blanco. No hay indicación de taller gráfico o imprenta.

Incluye, además del Manifiesto inicial, poemas, en este orden, de Victoria Urquiza, Sofía Criach, Noelia Agüero, Marinés Scelta y Constanza Correa Lust (incluye un texto en prosa, poética, eso sí), y relatos de Malena Orozco. Es interesante, desde el punto de vista de la edición, que el espacio –la cantidad de páginas– se ha distribuido equitativamente, salvo en los relatos de Orozco, que duplican la cantidad de páginas promedio del destinado a cada sección anterior.

El colectivo también publica unos folletos o plaquetas de cartón de bello diseño y buena legibilidad. Conseguí por Victoria Urquiza, gracias a quien también me hice de un ejemplar del libro, la plaqueta titulada Flor de cactus, con ilustraciones de Sofía Criach. En la contratapa, dice: Mendoza, 2017, colectivowritelikeagirl@gmail.com. Es decir, el grupo quiere estar comunicado más allá del objeto libro y del objeto folleto. Todas obviedades en la edición contemporánea, pero es importante que esta obviedad esté, figure, haya sido tenida en cuenta.

Cuando salió la «noticia» de esta antología y de este colectivo de mujeres escritoras, a muchos lectores nos llamó la atención el nombre, en inglés. Después averiguamos y entendimos. En lo personal, me hacen ruido los negocios que se ponen minimarket en lugar de mercadito, aunque entiendo que es mucho más llamativo, dada nuestra admiración y dependencia, vínculo o influencia cultural e idiomática del segundo mundo, EEUU (el primero, aprendimos, es Europa). Me sigue chocando que se priorice el inglés para nombrar algo en un paisaje castellanohablante, pero entiendo el mensaje: nosotras estamos más allá de estas cosas o, en todo caso, lo hacemos a propósito. Aplaudo el no me importa lo que pensés si hablo un poco en inglés. Aunque sería bueno que ocurrieran hechos así con otras lenguas, por ejemplo, el mapudungún. Ideas que nos asaltan en el camino.

La literatura necesita que se sigan formando grupos, que levanten pronto la voz, se hagan ver, editen, lean en público, agiten, como se dice. Agiten la bandera de la literatura y de la poesía en medio de la hegemonía de lo uniforme, lo transparente, lo obvio.

Como reflejo del colectivo literario, los textos de la antología «suenan» parecido, y eso le da coherencia a la edición y, está claro, no es casualidad: aunque cada una firme sus textos y tengan estilos diferentes, todos los textos respiran de modo semejante. Es decir, surge clara la cercanía generacional y de formación de las integrantes: todas rondan los 30 años y son egresadas de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza). Me refiero a similitudes de tono y propósito. Escritoras autoafirmándose en su realidad inmediata, aquí y ahora, y ubicándose en una línea de tiempo y conscientes de la tradición –«es la tradición, su huida y su traición», dejan claro en el Manifiesto. Las voces se autoexaminan y se contemplan a la vez. Intentan tomar distancia para verse mejor, para explicarse y mostrarse a sí mismas y a los otros de modo afirmativo y crítico a la vez, que para eso se publica.

Se pueden leer alusiones a Borges, Violeta Parra, Alejandra Pizarnik, Dante y Adriano. A personajes de fuerte simbología feminista, como Lilith y Bastet, Sejmet y las Amazonas. A Troya, a la Biblioteca San Martín –principal biblioteca pública de Mendoza–, a lugares que no son solamente lugares, como París, Roma, Guantánamo, Siria, Rwanda, México, Disneylandia, Jáchal.

En cuanto a léxico y recursos, el arco es amplio. Desde palabras retro-modernistas como efímera, atávico, embriagado, sempiterno, antaño y pródiga, a juegos sinestésicos vintage-vanguardistas como cavaquecavaquecavaquecava.

En poesía el yo siempre es gravitante, y puede ser un problema, por su presencia fuerte o por su camuflaje y todas las gradaciones posibles. La antología comienza con el Manifiesto, en primera del plural –«leemos, escribimos»– solamente el primer verso. Los que sigue adoptan la tercera del singular de ser: «es política, es solitario, es colectivo es cita y plagio, es histeria, es entraña, es enredo, es claridad, es la tradición, su huida y su traición…». Y al final se produce una transición interesante, cuando quitan el verbo y dicen: «sí los hombres, el niño, la madre, las hermanas». Y cuando refirman y ya rematan el manifiesto, se van a la tercera del plural, es decir señalan el afuera numeroso, todos los que no son ellas y a los que apuntan: «sí, son todos». Y el verso final las devuelve otra vez al centro de la escena, también ellas en tercera y con un contraste: «el desierto está lleno de mujeres».

En los poemas predomina un yo nítido e interpelador o dialogante con un vos o tú, que puede ser otra persona, la misma voz lírica, un conflicto, una escena cotidiana, lírica o las dos cosas. Un hecho que se describe o contempla, un diálogo con las cosas.

Ejemplos: «me amontono, me quejo, me animo, me demoro, estoy latiendo, soy para que seas», escribe Urquiza. «No creo en Dios, no creo en el Azar; creo en la lluvia», señala Criach. «Siempre le he faltado el respeto/ a mi debilidad; deberé ocuparme/ del resto de las cosas del mundo» (Agüero). «No quiero seguir soñándote frágil; Te dejo las cajas cerradas de las respuestas» (Scelta). «Nado en círculos concéntricos/ Buceo, hundo y sumerjo; Creo mis propias tempestades; míreme; Me tiembla la lengua» (Correa Lust). «¿Cuáles fueron las palabras que no quise oír» (Orozco).

Dejo a otros lectores un detenimiento detallado en las transiciones de persona que ocurren en un mismo poema y entre los textos: se pasa de yo al vos, al es, al nosotros y al ellos en un interesante juego de perspectivas y posiciones. De la primera persona del singular a la primera del plural hay un trecho complejo, que se puede resolver tortuosa o directamente. Difícil usar el «nosotros» sin caer en la caricatura o la pretensión. Por suerte, no ocurre nada de esto último en esta antología.

En cuanto a los temas, hay alusiones a la niñez, al amor –y su contraparte el desamor–, el fracaso, el olvido, el tiempo, la lluvia. No están muy presentes ni adoptan intensidad la muerte ni lo erótico, tópicos clave de toda poesía. Sí, el cuerpo, los recuerdos, la reflexión; lo que pudo ser y no fue, la incertidumbre por lo que podrá ser (grandes motivos clásicos). Los temas o conceptos citados disparan o centran los poemas.

Hay también declaraciones de principios o tomas de posición más o menos claras, además del Manifiesto, como los poemas Credo Gatopardismo, de Criach; Inocentes y No alcanza, de Agüero. Momentos con toques expresionistas, como en Saldo, de Agüero; Fiera, de Scelta; Oiga, venga, mire, de Correa Lust, quien además aporta al volumen la prosa poética Una melancolía. En cuanto a los textos narrativos, a cargo de Malena Orozco, es interesante su propuesta: predominan en ellos la contemplación más que la acción. Es decir, descripciones de situaciones o de personas que son excusas para señalamientos intimistas o reflexivos de la voz narradora.

Si me preguntan por el colectivo WLG, respondo: escritoras seguras de que estar haciendo lo que hacen no vale la pena, porque con la pena sola no se llega a ningún lado. Más bien vale la búsqueda y la alegría singular –pero transferible– que se tiene al escribir y al publicar, ese camino que comenzaron a abrir. Su contagioso entusiasmo, que actualizan, defienden y transmiten en cada lectura pública y, esperemos, en nuevas publicaciones. Lo anterior está contenido de modo notable en la frase-epígrafe de Clarice Lispector que sigue al Manifiesto: «Libertad es poco. Lo que deseo aún no tiene nombre».

WLG se sube al tren de la labor literaria visible y comprometida, resistente a la uniformización, la transparencia y el encasillamiento. Comprometida con el lenguaje y con los derechos de las mujeres. Contra el mundo supuestamente transparente que modela la sociedad de la información, aunque ya decir mundo sea otro abuso del lenguaje.

Abril de 2018.

—————————————————————————————–

– A raíz de la muerte de Liliana Bodoc. (Unidiversidad, Mendoza, 7 de febrero de 2018).

 

 

– Sobre el libro «Los colores de la vigilia», de Christian Kupchik.

– Aporte mendocino a un libro de jergas latinas

– Sobre «Nina nombre de guerra», de Maite Esquerré

– A 40 años del golpe, en memoria de Paco Urondo. Por Juan López

– Re-entrevista a Juan López: “El terror de las redacciones”

– Entrevista a Juan López: “Juan López: cuando la poesía llama”.

– Los papeles perdidos del Juan. Por Juan Manuel Lucas

– Cuando los escritores callan (Diario mdzol.com, 16/11/2014).
Una reflexión sobre el silencio de escritores-periodistas-funcionarios ante un escándalo con el Gran Premio literario Vendimia 2014, rubro Cuento, del Ministerio de Cultura de la Provincia de Mendoza.

– Sacar la poesía a la calle (El Desaguadero, 10/05/2014).

– Lo mejor (y lo peor) del 2009

– Despedida a Gabriel Bustos Herrera

– Denuncia censura


Roberto Juarroz, poeta de la intensidad

Roberto Juarroz nació el 5 de octubre de 1925 en Dorrego, provincia de Buenos Aires, y murió hace cinco años, el 31 de marzo de 1995. Fue bibliotecólogo, ensayista, profesor y poeta. Su poesía cumple 42 años entre nosotros. Publicó su primer libro, Poesía vertical, cuando tenía 33 años. Desde entonces, los lectores tienen otro lugar a donde ir en busca de una experiencia intensa. Cuando se lee un poema de Juarroz, una poesía vertical, como ha llamado él a toda su obra, se siente algo así como un golpe de realidad. Julio Cortázar escribió que ante la poesía de Juarroz se tiene una «sensación prodigiosa de extrañamiento, de rapto, de acceso».

La de Juarroz es una escritura despojada, que gira alrededor de las preguntas fundamentales del ser humano: la soledad, la vida, la muerte, el amor… Pero el poeta no responde esas preguntas, sino que las profundiza y las repregunta de un modo especialmente intenso. Este concepto, intensidad, junto con profundidad y concentración son los que ha preferido Juarroz para calificar su experiencia y búsqueda poéticas. Por eso sus poemas suelen ser breves: rara vez exceden una página de libro. La verborragia o abundancia de palabras son lo opuesto del despojamiento de la palabra poética de Juarroz, a quien el poeta mexicano Octavio Paz ha calificado de «poeta de instantes absolutos».

El despojamiento de la poesía de Juarroz puede observarse, desde afuera, en el uso de palabras y estructuras simples, pero no simples precisamente por transparentes. Juarroz llega a la simpleza luego de recorrer un camino de autoexigencia bastante estricto. Él le ha llamado, a esta posición ante la escritura, «ascetismo». Asceta es el que se aparta del mundo, el que renuncia a lo mundano. El poeta ascético vive y observa al mundo desde una posición privilegiada, especial, poco habitual. «Yo creo que es preciso dejar de lado todo lo que sea desahogo sentimental, anécdota, discurso, ornamentación, uso confortable y más o menos atractivo de un plano inmediato del lenguaje. Creo que para llegar a ciertos núcleos muy difíciles de captar de nuestra experiencia profunda es necesario algo así como una ascesis en donde casa cosa que aparezca sea en lo posible irremplazable».

Dijo núcleo. Es cierto, los poemas de Juarroz buscan un núcleo o centro. Casi siempre comienzan por una imagen o afirmación o negación que abre el poema, luego las palabras dan una recorrida por zonas más o menos cercanas a ese núcleo intuido, sospechado y que aparece como un misterio. El poema termina con una suerte de conclusión, no lógica sino poética, en la que las palabras dan un paso más allá y ahondan el misterio o entregan una visión despojada y lúcida de esa búsqueda. Los finales de los poemas suelen dejar al lector desconcertado, admirado, preocupado, conmovido. Se tiene la sensación de estar ante alguien que ve el mundo de un modo inhabitual. Esa entrega verbal suspende al lector y lo invita a abrirse, a salirse de sus esquemas, de su costumbre. En este sentido, la poesía de Juarroz cumple con el objeto esencial del arte.

Zen y antítesis

En Juarroz, la búsqueda de simpleza se relaciona sobre todo con ese núcleo, esa esencia o imposible que dice perseguir. Ha reconocido el poeta la fertilidad de la mirada del budismo Zen en este camino. Sobre todo, el intento por trascender las categorías occidentales del tipo razón/sensibilidad. Esta oposición, esta escisión es la que intenta Juarroz hacer desaparecer, trascender. Cuando lo logra, en muchos de sus poemas, el resultado es contundente: «Eres mi abandono más completo,/ mi indefensión, mi zona franca,/ lo que me exime de cuidarme.// Tal vez por eso en ti se juntan / mi mayor recuerdo y mi mayor olvido / y no sé si eres mi compañía / o eres ya mi soledad».

En este poema se nota algo que es recurrente en la obra de Juarroz: la antítesis (coexistencia de dos términos opuestos: blanco/negro, vida/muerte, arriba/abajo). La intensidad de la poesía de Juarroz radica en gran medida, sospecho, en la constante tensión entre los polos de las antítesis esenciales: soledad/compañía, amor/dolor, presencia/ausencia, hablar/callar, ascenso/caída. Si bien la antítesis es un recurso antiquísimo, en este poeta se potencia por el marco de despojo, de salto al vacío, que caracteriza su visión. Su objetivo es trascender cualquier juego de opuestos, con un rigor que se aleja de un uso más o menos ingenioso del lenguaje. Se podría decir que la antítesis en su poesía es más un punto de partida que de llegada. Incluso, en algunos casos uno de los opuestos niega al otro, como en el verso final de su Octava poesía vertical (1984): «Ser no es comprender».

Y escribe Cortázar, en una carta que aparece en Tercera poesía vertical (1965): «Siempre he amado una poesía que procede por inversión de signos; el uso de la ausencia en Mallarmé, algunas “anti-esencias” de Macedonio, los silencios en la música de Weber. Pero usted potencia hasta lo increíble esas inversiones que en otras manos suelen acabar en juegos de palabras».

Volviendo a la valoración del budismo Zen, dice Juarroz: «El budismo Zen es para mí una de las dimensiones más ricas del ser oriental, ya que no me animo a decir simplemente del pensamiento oriental. Siendo como es una especie de reconocimiento inmediato de lo real, de reconocimiento no interrumpido por ninguna suerte de esquema conceptual, filosófico, ético, sino una especie de contacto instantáneo con lo real, creo que se emparenta singularmente, íntimamente, con el modo de captación del arte y la poesía. Además, esa falta de temor ante las aparentes contradicciones, hacia las antítesis, hacia las paradojas, esa afirmación última por medio de negaciones circunstanciales constituye una apertura de la visión y de la experiencia verdaderamente sustancial». Y agrega: «(…) no concibo una dicotomía entre el sentir y el pensar, entre lo cordial y la inteligencia. Creo que nos han engañado un poco con respecto a eso. A mí, por lo menos, me han engañado».

Ascetismo y sociedad literaria

El ascetismo y exigencia de Juarroz lo han llevado a colocarse en un lugar contrario a lo que él ha llamado «socioliteratura». Es decir, según él, todo aquello que es aledaño a la poesía: periodismo, vida cultural, crítica literaria, enseñanza. Con una firmeza singular, Juarroz se ha plantado frente a la crítica y a la sociedad literaria. Por ejemplo, ha dicho: «Creo que la poesía no puede ser encontrada en ningún manual, salvo que consideremos un manual como una antología de textos. No creo en la explicación, la enseñanza o el comentario de la poesía. Toda explicación de la poesía la traiciona. Así que esas “descripciones” del poema son montajes de palabras: todo comentario sobre la poesía es retórica, un andamiaje que se ha preparado para sostener algo que sólo admite moverse sin sostenes».

Yendo más lejos aún, el poeta sostiene que la poesía no es literatura: «En la división habitual de los géneros literarios, yo no incluiría a la poesía. La poesía no sería un género literario, sino otra dimensión del lenguaje, del ser, del crear».

La escritura de poesía tiene sus riesgos. Muchas distracciones atentan contra la creación, entre ellos el afán por aparecer en revistas, antologías, de asistir a reuniones culturales, de participar en talleres y proyectos literarios. Para el escritor, esas actividades no son malas en sí mismas, pero suelen inflar el lado débil de todo escritor: su vanidad, su necesidad de reconocimiento. Tal vez la negación de lo superfluo muestre el costado más descarnado de la visión de Juarroz. Su rigor le ha valido que algunos lo califiquen de cruel.

Soledad

Dijimos que Juarroz concibe la poesía como una experiencia intensa. Esa intensidad puede ilustrarse a partir de ciertas vivencias de su infancia y se relacionan con su hábito de soledad. «(…) tengo esa sensación de cuando las cosas lo conmueven a uno a fondo, y uno las piensa y las reflexiona, y ellas lo persiguen en el plano del pensamiento y también en el del tratar de explicarlas en profundidad. Por ejemplo: entre estas experiencias hay otra que yo recuerdo. Y tiene que ser bastante decisiva. Es algo vinculado con los juegos infantiles. Casi no tenía amigos de mi edad. ¡Cuál fue, entonces, mi elección, mi salida? Jugar solo. Esto sí debe haber sido importante. Porque, como alguien se preguntó alguna vez, ¿quién es el compañero de juegos del que juega solo? Alguien podría extraer de aquí que he seguido jugando solo siempre. Diría que en cierto sentido profundo sí, pero muy relativizado. Siento que he entrado en profunda comunicación con otros seres humanos, pero no es por eso que digo relativizado. Es por esto: porque tal vez la única forma, la única base para la comunicación auténtica es la soledad previa. Y es probable que esa sea mi historia».

Ese fue Juarroz explicado por sí mismo. El siguiente, tal vez el poema más conmovedor que se haya escrito sobre la soledad: «Pienso que en este momento/ tal vez nadie en el universo piensa en mí,/ que sólo yo me pienso,/ y si ahora muriese,/ nadie, ni yo, me pensaría. //Y aquí empieza el abismo,/ como cuando me duermo. /Soy mi propio sostén y me lo quito./ Contribuyo a tapizar de ausencia todo.// Tal vez sea por esto/ que pensar en un hombre/ se parece a salvarlo».

Muerte y amor

También la muerte tiene en Juarroz una versión intensa y aplastante. Entre los muchos poemas que escribió alrededor de la muerte, hay uno que es paradigmático e inolvidable: «Mientras haces cualquier cosa, /alguien está muriendo.// Mientras te lustras los zapatos,/ mientras odias,/ mientras le escribes una carta prolija/ a tu amor único o no único.// Y aunque pudieras llegar a no hacer nada,/ alguien más estaría muriendo,/ tratando en vano de juntar todos los rincones,/ tratando en vano no mirar fijo a la pared.// Y aunque estuvieras muriendo,/ alguien más estaría muriendo,/ a pesar de tu legítimo deseo/ de morir un minuto con exclusividad.// Por eso, si te preguntan por el mundo,/ responde simplemente: alguien está muriendo».

Entre los numerosos poemas que ha escrito inspirado en el amor, hay uno, creo, especialmente profundo y conmovedor: «Mientras duermes/ tu mano me transmite imprevistamente una caricia./ ¿Qué zona tuya la ha creado,/ qué autónoma región del amor,/ qué parte reservada del encuentro?// Mientras duermes/ te conozco de nuevo./ Y quisiera irme contigo/ al lugar donde nació esa caricia».

Destino

Juarroz se ha sentido misteriosamente llamado a ser el poeta que finalmente fue. Pero no ha sido mágico ni regalado todo lo que ha conseguido. Al menos, siempre que pudo, afirmó que la labor poética exige sacrificios. A los 18 años abandonó su fe en Dios en el molde tradicional de las religiones institucionalizadas. Con el tiempo, remplazó su fe con la imaginación y afirmó que, para él, el sentido religioso esencial consiste en sentirse parte de un todo.

Juarroz transmitió a cuantos se le acercaron en busca de una palabra que los guiara en su labor creativa, que la poesía requiere ciertas condiciones. Entre ellas, la apertura, la necesidad y la humildad.

Apertura: el que escribe debe estar siempre abierto, en absoluta disponibilidad. Un poema puede nacer de la contemplación del hecho más trivial.

Necesidad: para hablar de ella, Juarroz citaba siempre una de las voces de su amigo Antonio Porchia: «Digo lo que digo porque me ha vencido lo que digo».

En cuanto a la humildad, este poema de Quinta poesía vertical (1974): «Así como el espacio se acostumbra al espacio,/ yo me he acostumbrado a ser algo.// Cuando desaparezca,/ habrá sencillamente una costumbre menos».

Mientras más leemos a Juarroz, más se nos hace evidente que nos encontramos ante alguien que le dio a la poesía una dimensión abrumadora. Intentó llegar con el lenguaje a donde es muy difícil o imposible estar y permanecer. Y llegó a ver en la poesía una forma de salvación, por eso escribió alguna vez: «En esta búsqueda que nos salva, aunque no sepamos de qué».

Juan López, Mendoza. Suplemento El altillo. Diario Uno. Marzo de 2000.