Notas de prensa y otras hierbas

«Esperando que la belleza realice su jugada»

Sobre el libro de poemas Se llama Epífora, de Tony Zalazar. Corrientes, Instituto de Cultura, 2017. Primer premio del concurso Juan José Folguerá.

Llegó a mis manos un libro notable: Se llama Epífora. Su autor es Antonio Marcos Zalazar, más conocido como Tony Zalazar (Chaco, 1980). Escritor, docente, editor, promotor cultural, tallerista literario y, nos enteramos ahora, de niño, jardinero.

El poeta Osvaldo Bossi elogia en la contratapa estos poemas y dice textualmente: «Hace tiempo que no leo un libro tan hermoso, tan conmovedor como este». Y no queda más que coincidir con Bossi.

Es un libro despojado, breve, de pocos poemas, centrados en la madre, tenemos que suponer, del poeta o de la voz lírica. Esta voz es fresca, atenta y sobre todo entrañable. Cansados como estamos de leer poesía inteligente escrita de forma correcta e incluso impecable pero sin corazón, viene a darnos oxígeno y hondura Se llama Epífora, que en la cubierta incluye el agregado explicativo «derrame inmanejable de las lágrimas».

Pero qué hace hermosos y conmovedores a estos poemas. No lo sabemos bien, pero predominan y centran los poemas las escenas maternales, recordadas o reconstruidas por el hijo, la voz que yergue los textos. No es fácil tomar o retomar un tópico tan transitado y vernos sorprendidos o encontrarnos desprevenidos. Escenas cotidianas, como el hecho de colocarse un buzo recién planchado, tibio aún, que la madre entrega al hijo para que el pecho se le abra. Madre e hijo mirando el cielo; aprendiendo, apreciando y contemplando los nombres de plantas y flores de un posible o imaginario jardín propio y de jardines ajenos.

Zalazar mostró y demostró en sus relatos del libro Carece de madurez (Resistencia,  ConTexto Libros, 2013) su notable dominio de la descripción realista o hasta podría decirse microrrealista. Elabora y trabaja la narración y las descripciones siempre a partir de visiones, vivencias o experiencias («erlebnis» le llamaban los románticos alemanes) inmediatas, cercanas, cotidianas. Pero su arte radica en que logra enlazarlas y hacerlas ascender de estatuto y convertirlas en momentos trascendentes. También anuncia Zalazar en sus relatos una notable utilización de diminutivos, y no en sentido irónico sino rumbo al encuentro de una dicción que no reniega de la ternura. Cómo no escuchar, en esas formas, ecos de la voz de Gelman. Tierno es lo que apenas nace, surge, lo que se asoma, lo incipiente, y el poeta nos hace experimentar ese movimiento de ver nada a ver algo, de ser nada a ser algo, de no sentir a sentir.

Avanzando en la lectura vamos descubriendo predominio de versos largos pero medidos: endecasílabos, es decir de once sílabas, y también de doce, de diez y de nueve. ¿Qué importancia pueden tener estas medidas? Justamente eso: la dicción utiliza pero además trasciende el octosílabo, tan común en la lengua cotidiana del castellano, y a la vez se contiene de transitar el verso extenso sin medida ni ritmo. No es fácil, pero el poeta encuentra en esas extensiones la materia sonora y el peso o espacio semántico que necesita para sus versos. Veamos:

Porque una madre hipersensible
chupa todo sufrir del universo.

(…)

Mamá nombraba con piedad
las propiedades de las flores.

(…)

Veíamos juntos ese estar inútil de las estrellas
ese estar tan bellamente para nada
para el ocio para la poesía
para que mamá me haga viajar
al brillo distante de los ancestros.

Retomo las palabras de Bossi, que señala también: «En Se llama Epífora nos encontramos con una profecía al revés, es decir, con una epifanía del comienzo. Leerlo es regresar».

Diálogo

Esta obra puede ponerse a dialogar con otro libro de poemas aparecido recientemente, en contraste. Me refiero a Nina nombre de guerra, de Maite Esquerré (Deacá, Villa Mercedes, 2016). El tema de la madre centra los poemas, así como en la obra de Zalazar, solamente que en casi perfecto negativo: la autora y su voz lírica intentan reconstruir a Adriana Delaunay, mamá de Maite, fallecida cuando su hija tenía cinco años. (https://revistachampa.wordpress.com/2016/12/09/nina-nombre-de-guerra/).

A la madre omnipresente de Se llama Epífora se contrapone, en Nina… la madre perdida y buscada, reconstruida líricamente por su hija, a partir de recuerdos propios y de familiares y amigos, anotaciones,  lecturas, testimonios de quienes la conocieron. Y no obstante las diferencias, coinciden las dos obras en que no caen ni en la cursilería ni en el patetismo, ni en la obviedad ni en el desahogo.

Debemos celebrar que las y los poetas creen, reconstruyan y recreen sus tránsitos vitales más entrañables. Que saquen a la luz sus voces y, en estos casos, enriquezcan ese debate, diálogo, interrogante, ese magma permanente que es tener, en un arco de infinitas posibilidades, madre. Imagino entonces que la voz de Zalazar le dice a la de Esquerré:

Ver borroso también aclara
un poco las cosas.

Finalmente, la belleza ha realizado su jugada.

J. L., mayo de 2018

Escribir como una chica

Sobre la antología Write Like a Girl!, con textos de Victoria Urquiza, Sofía Criach, Noelia Agüero, Marinés Scelta, Constanza Correa Lust y Malena Orozco.

«La lengua alcanza en la poesía su máxima tensión y profundidad
y su manifestación más acuciante». (Jorge Monteleone).

 

Si nos tomamos en serio al socio-filósofo de moda Byung-Chul Han, todo verdadero hecho literario atenta contra o se resiste a la sociedad de la transparencia. Por su opacidad, por su irreductibilidad a mera información, por su oposición a la uniformidad y a ingresar en la lógica del rendimiento económico. Hace un año, irrumpió en la provincia de Mendoza –y fuera de sus fronteras también– el colectivo literario Like Write a Girl! Lo que sigue no tiene intenciones explicativas sino principalmente descriptivas, convencidos como estamos de que la poesía que puede explicarse es poesía muerta o, simplemente, no es poesía.

Son seis escritoras «mendocinas» que se reúnen en un libro publicado en marzo del año pasado, 2017. Un libro que comienza con un manifiesto. Un manifiesto que manifiesta «sí es política, también intimidad», «no es vendimia ni coronita», «es parricidio y sororidad», «es el cuarto propio y las ventanas abiertas».

El grupo se bautiza Write Like a Girl! (en adelante, WLG), en alusión a Fight like a girl. Pelea como una chica. Las chicas también sabemos pelear, también sabemos escribir. Porque «las mujeres hemos quedado en la sombra» y «el desierto está lleno de mujeres». Dicen, explicando la frase en inglés que las presenta, que «escribir como una chica es cambiar, probar, experimentar, ser, renacer, renacerse, verse, vivirse, revivirse en cada texto. Será por eso que no aceptamos formas fijas».

WLG se autodefine como un colectivo, de mujeres, escritoras, «que busca generar un lugar para artistas mujeres, abriendo espacios de creación, experimentación y difusión». El libro, cuyo título completo es Write Like a Girl! Antología de poetas mendocinas, va por su tercera edición, según consta en el que tengo en mis manos. Lo publica el sello «Peces de ciudad», en la colección de poesía «El primero en olvidar», con edición y diseño de interiores de Sebastián González y diagramación de tapa y postal (cada ejemplar viene con una) de Rodolfo González Furkert. Esta tercera edición, de setiembre de 2017, fue impresa en Buenos Aires por Soledad Blanco. No hay indicación de taller gráfico o imprenta.

Incluye, además del Manifiesto inicial, poemas, en este orden, de Victoria Urquiza, Sofía Criach, Noelia Agüero, Marinés Scelta y Constanza Correa Lust (incluye un texto en prosa, poética, eso sí), y relatos de Malena Orozco. Es interesante, desde el punto de vista de la edición, que el espacio –la cantidad de páginas– se ha distribuido equitativamente, salvo en los relatos de Orozco, que duplican la cantidad de páginas promedio del destinado a cada sección anterior.

El colectivo también publica unos folletos o plaquetas de cartón de bello diseño y buena legibilidad. Conseguí por Victoria Urquiza, gracias a quien también me hice de un ejemplar del libro, la plaqueta titulada Flor de cactus, con ilustraciones de Sofía Criach. En la contratapa, dice: Mendoza, 2017, colectivowritelikeagirl@gmail.com. Es decir, el grupo quiere estar comunicado más allá del objeto libro y del objeto folleto. Todas obviedades en la edición contemporánea, pero es importante que esta obviedad esté, figure, haya sido tenida en cuenta.

Cuando salió la «noticia» de esta antología y de este colectivo de mujeres escritoras, a muchos lectores nos llamó la atención el nombre, en inglés. Después averiguamos y entendimos. En lo personal, me hacen ruido los negocios que se ponen minimarket en lugar de mercadito, aunque entiendo que es mucho más llamativo, dada nuestra admiración y dependencia, vínculo o influencia cultural e idiomática del segundo mundo, EEUU (el primero, aprendimos, es Europa). Me sigue chocando que se priorice el inglés para nombrar algo en un paisaje castellanohablante, pero entiendo el mensaje: nosotras estamos más allá de estas cosas o, en todo caso, lo hacemos a propósito. Aplaudo el no me importa lo que pensés si hablo un poco en inglés. Aunque sería bueno que ocurrieran hechos así con otras lenguas, por ejemplo, el mapudungún. Ideas que nos asaltan en el camino.

La literatura necesita que se sigan formando grupos, que levanten pronto la voz, se hagan ver, editen, lean en público, agiten, como se dice. Agiten la bandera de la literatura y de la poesía en medio de la hegemonía de lo uniforme, lo transparente, lo obvio.

Como reflejo del colectivo literario, los textos de la antología «suenan» parecido, y eso le da coherencia a la edición y, está claro, no es casualidad: aunque cada una firme sus textos y tengan estilos diferentes, todos los textos respiran de modo semejante. Es decir, surge clara la cercanía generacional y de formación de las integrantes: todas rondan los 30 años y son egresadas de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza). Me refiero a similitudes de tono y propósito. Escritoras autoafirmándose en su realidad inmediata, aquí y ahora, y ubicándose en una línea de tiempo y conscientes de la tradición –«es la tradición, su huida y su traición», dejan claro en el Manifiesto. Las voces se autoexaminan y se contemplan a la vez. Intentan tomar distancia para verse mejor, para explicarse y mostrarse a sí mismas y a los otros de modo afirmativo y crítico a la vez, que para eso se publica.

Se pueden leer alusiones a Borges, Violeta Parra, Alejandra Pizarnik, Dante y Adriano. A personajes de fuerte simbología feminista, como Lilith y Bastet, Sejmet y las Amazonas. A Troya, a la Biblioteca San Martín –principal biblioteca pública de Mendoza–, a lugares que no son solamente lugares, como París, Roma, Guantánamo, Siria, Rwanda, México, Disneylandia, Jáchal.

En cuanto a léxico y recursos, el arco es amplio. Desde palabras retro-modernistas como efímera, atávico, embriagado, sempiterno, antaño y pródiga, a juegos sinestésicos vintage-vanguardistas como cavaquecavaquecavaquecava.

En poesía el yo siempre es gravitante, y puede ser un problema, por su presencia fuerte o por su camuflaje y todas las gradaciones posibles. La antología comienza con el Manifiesto, en primera del plural –«leemos, escribimos»– solamente el primer verso. Los que sigue adoptan la tercera del singular de ser: «es política, es solitario, es colectivo es cita y plagio, es histeria, es entraña, es enredo, es claridad, es la tradición, su huida y su traición…». Y al final se produce una transición interesante, cuando quitan el verbo y dicen: «sí los hombres, el niño, la madre, las hermanas». Y cuando refirman y ya rematan el manifiesto, se van a la tercera del plural, es decir señalan el afuera numeroso, todos los que no son ellas y a los que apuntan: «sí, son todos». Y el verso final las devuelve otra vez al centro de la escena, también ellas en tercera y con un contraste: «el desierto está lleno de mujeres».

En los poemas predomina un yo nítido e interpelador o dialogante con un vos o tú, que puede ser otra persona, la misma voz lírica, un conflicto, una escena cotidiana, lírica o las dos cosas. Un hecho que se describe o contempla, un diálogo con las cosas.

Ejemplos: «me amontono, me quejo, me animo, me demoro, estoy latiendo, soy para que seas», escribe Urquiza. «No creo en Dios, no creo en el Azar; creo en la lluvia», señala Criach. «Siempre le he faltado el respeto/ a mi debilidad; deberé ocuparme/ del resto de las cosas del mundo» (Agüero). «No quiero seguir soñándote frágil; Te dejo las cajas cerradas de las respuestas» (Scelta). «Nado en círculos concéntricos/ Buceo, hundo y sumerjo; Creo mis propias tempestades; míreme; Me tiembla la lengua» (Correa Lust). «¿Cuáles fueron las palabras que no quise oír» (Orozco).

Dejo a otros lectores un detenimiento detallado en las transiciones de persona que ocurren en un mismo poema y entre los textos: se pasa de yo al vos, al es, al nosotros y al ellos en un interesante juego de perspectivas y posiciones. De la primera persona del singular a la primera del plural hay un trecho complejo, que se puede resolver tortuosa o directamente. Difícil usar el «nosotros» sin caer en la caricatura o la pretensión. Por suerte, no ocurre nada de esto último en esta antología.

En cuanto a los temas, hay alusiones a la niñez, al amor –y su contraparte el desamor–, el fracaso, el olvido, el tiempo, la lluvia. No están muy presentes ni adoptan intensidad la muerte ni lo erótico, tópicos clave de toda poesía. Sí, el cuerpo, los recuerdos, la reflexión; lo que pudo ser y no fue, la incertidumbre por lo que podrá ser (grandes motivos clásicos). Los temas o conceptos citados disparan o centran los poemas.

Hay también declaraciones de principios o tomas de posición más o menos claras, además del Manifiesto, como los poemas Credo Gatopardismo, de Criach; Inocentes y No alcanza, de Agüero. Momentos con toques expresionistas, como en Saldo, de Agüero; Fiera, de Scelta; Oiga, venga, mire, de Correa Lust, quien además aporta al volumen la prosa poética Una melancolía. En cuanto a los textos narrativos, a cargo de Malena Orozco, es interesante su propuesta: predominan en ellos la contemplación más que la acción. Es decir, descripciones de situaciones o de personas que son excusas para señalamientos intimistas o reflexivos de la voz narradora.

Si me preguntan por el colectivo WLG, respondo: escritoras seguras de que estar haciendo lo que hacen no vale la pena, porque con la pena sola no se llega a ningún lado. Más bien vale la búsqueda y la alegría singular –pero transferible– que se tiene al escribir y al publicar, ese camino que comenzaron a abrir. Su contagioso entusiasmo, que actualizan, defienden y transmiten en cada lectura pública y, esperemos, en nuevas publicaciones. Lo anterior está contenido de modo notable en la frase-epígrafe de Clarice Lispector que sigue al Manifiesto: «Libertad es poco. Lo que deseo aún no tiene nombre».

WLG se sube al tren de la labor literaria visible y comprometida, resistente a la uniformización, la transparencia y el encasillamiento. Comprometida con el lenguaje y con los derechos de las mujeres. Contra el mundo supuestamente transparente que modela la sociedad de la información, aunque ya decir mundo sea otro abuso del lenguaje.

Abril de 2018.

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– A raíz de la muerte de Liliana Bodoc. (Unidiversidad, Mendoza, 7 de febrero de 2018).

 

 

– Sobre el libro «Los colores de la vigilia», de Christian Kupchik.

– Aporte mendocino a un libro de jergas latinas

– Sobre «Nina nombre de guerra», de Maite Esquerré

– A 40 años del golpe, en memoria de Paco Urondo. Por Juan López

– Re-entrevista a Juan López: “El terror de las redacciones”

– Entrevista a Juan López: “Juan López: cuando la poesía llama”.

– Los papeles perdidos del Juan. Por Juan Manuel Lucas

– Cuando los escritores callan (Diario mdzol.com, 16/11/2014).
Una reflexión sobre el silencio de escritores-periodistas-funcionarios ante un escándalo con el Gran Premio literario Vendimia 2014, rubro Cuento, del Ministerio de Cultura de la Provincia de Mendoza.

– Sacar la poesía a la calle (El Desaguadero, 10/05/2014).

– Lo mejor (y lo peor) del 2009

– Despedida a Gabriel Bustos Herrera

– Denuncia censura


Roberto Juarroz, poeta de la intensidad

Roberto Juarroz nació el 5 de octubre de 1925 en Dorrego, provincia de Buenos Aires, y murió hace cinco años, el 31 de marzo de 1995. Fue bibliotecólogo, ensayista, profesor y poeta. Su poesía cumple 42 años entre nosotros. Publicó su primer libro, Poesía vertical, cuando tenía 33 años. Desde entonces, los lectores tienen otro lugar a donde ir en busca de una experiencia intensa. Cuando se lee un poema de Juarroz, una poesía vertical, como ha llamado él a toda su obra, se siente algo así como un golpe de realidad. Julio Cortázar escribió que ante la poesía de Juarroz se tiene una «sensación prodigiosa de extrañamiento, de rapto, de acceso».

La de Juarroz es una escritura despojada, que gira alrededor de las preguntas fundamentales del ser humano: la soledad, la vida, la muerte, el amor… Pero el poeta no responde esas preguntas, sino que las profundiza y las repregunta de un modo especialmente intenso. Este concepto, intensidad, junto con profundidad y concentración son los que ha preferido Juarroz para calificar su experiencia y búsqueda poéticas. Por eso sus poemas suelen ser breves: rara vez exceden una página de libro. La verborragia o abundancia de palabras son lo opuesto del despojamiento de la palabra poética de Juarroz, a quien el poeta mexicano Octavio Paz ha calificado de «poeta de instantes absolutos».

El despojamiento de la poesía de Juarroz puede observarse, desde afuera, en el uso de palabras y estructuras simples, pero no simples precisamente por transparentes. Juarroz llega a la simpleza luego de recorrer un camino de autoexigencia bastante estricto. Él le ha llamado, a esta posición ante la escritura, «ascetismo». Asceta es el que se aparta del mundo, el que renuncia a lo mundano. El poeta ascético vive y observa al mundo desde una posición privilegiada, especial, poco habitual. «Yo creo que es preciso dejar de lado todo lo que sea desahogo sentimental, anécdota, discurso, ornamentación, uso confortable y más o menos atractivo de un plano inmediato del lenguaje. Creo que para llegar a ciertos núcleos muy difíciles de captar de nuestra experiencia profunda es necesario algo así como una ascesis en donde casa cosa que aparezca sea en lo posible irremplazable».

Dijo núcleo. Es cierto, los poemas de Juarroz buscan un núcleo o centro. Casi siempre comienzan por una imagen o afirmación o negación que abre el poema, luego las palabras dan una recorrida por zonas más o menos cercanas a ese núcleo intuido, sospechado y que aparece como un misterio. El poema termina con una suerte de conclusión, no lógica sino poética, en la que las palabras dan un paso más allá y ahondan el misterio o entregan una visión despojada y lúcida de esa búsqueda. Los finales de los poemas suelen dejar al lector desconcertado, admirado, preocupado, conmovido. Se tiene la sensación de estar ante alguien que ve el mundo de un modo inhabitual. Esa entrega verbal suspende al lector y lo invita a abrirse, a salirse de sus esquemas, de su costumbre. En este sentido, la poesía de Juarroz cumple con el objeto esencial del arte.

Zen y antítesis

En Juarroz, la búsqueda de simpleza se relaciona sobre todo con ese núcleo, esa esencia o imposible que dice perseguir. Ha reconocido el poeta la fertilidad de la mirada del budismo Zen en este camino. Sobre todo, el intento por trascender las categorías occidentales del tipo razón/sensibilidad. Esta oposición, esta escisión es la que intenta Juarroz hacer desaparecer, trascender. Cuando lo logra, en muchos de sus poemas, el resultado es contundente: «Eres mi abandono más completo,/ mi indefensión, mi zona franca,/ lo que me exime de cuidarme.// Tal vez por eso en ti se juntan / mi mayor recuerdo y mi mayor olvido / y no sé si eres mi compañía / o eres ya mi soledad».

En este poema se nota algo que es recurrente en la obra de Juarroz: la antítesis (coexistencia de dos términos opuestos: blanco/negro, vida/muerte, arriba/abajo). La intensidad de la poesía de Juarroz radica en gran medida, sospecho, en la constante tensión entre los polos de las antítesis esenciales: soledad/compañía, amor/dolor, presencia/ausencia, hablar/callar, ascenso/caída. Si bien la antítesis es un recurso antiquísimo, en este poeta se potencia por el marco de despojo, de salto al vacío, que caracteriza su visión. Su objetivo es trascender cualquier juego de opuestos, con un rigor que se aleja de un uso más o menos ingenioso del lenguaje. Se podría decir que la antítesis en su poesía es más un punto de partida que de llegada. Incluso, en algunos casos uno de los opuestos niega al otro, como en el verso final de su Octava poesía vertical (1984): «Ser no es comprender».

Y escribe Cortázar, en una carta que aparece en Tercera poesía vertical (1965): «Siempre he amado una poesía que procede por inversión de signos; el uso de la ausencia en Mallarmé, algunas “anti-esencias” de Macedonio, los silencios en la música de Weber. Pero usted potencia hasta lo increíble esas inversiones que en otras manos suelen acabar en juegos de palabras».

Volviendo a la valoración del budismo Zen, dice Juarroz: «El budismo Zen es para mí una de las dimensiones más ricas del ser oriental, ya que no me animo a decir simplemente del pensamiento oriental. Siendo como es una especie de reconocimiento inmediato de lo real, de reconocimiento no interrumpido por ninguna suerte de esquema conceptual, filosófico, ético, sino una especie de contacto instantáneo con lo real, creo que se emparenta singularmente, íntimamente, con el modo de captación del arte y la poesía. Además, esa falta de temor ante las aparentes contradicciones, hacia las antítesis, hacia las paradojas, esa afirmación última por medio de negaciones circunstanciales constituye una apertura de la visión y de la experiencia verdaderamente sustancial». Y agrega: «(…) no concibo una dicotomía entre el sentir y el pensar, entre lo cordial y la inteligencia. Creo que nos han engañado un poco con respecto a eso. A mí, por lo menos, me han engañado».

Ascetismo y sociedad literaria

El ascetismo y exigencia de Juarroz lo han llevado a colocarse en un lugar contrario a lo que él ha llamado «socioliteratura». Es decir, según él, todo aquello que es aledaño a la poesía: periodismo, vida cultural, crítica literaria, enseñanza. Con una firmeza singular, Juarroz se ha plantado frente a la crítica y a la sociedad literaria. Por ejemplo, ha dicho: «Creo que la poesía no puede ser encontrada en ningún manual, salvo que consideremos un manual como una antología de textos. No creo en la explicación, la enseñanza o el comentario de la poesía. Toda explicación de la poesía la traiciona. Así que esas “descripciones” del poema son montajes de palabras: todo comentario sobre la poesía es retórica, un andamiaje que se ha preparado para sostener algo que sólo admite moverse sin sostenes».

Yendo más lejos aún, el poeta sostiene que la poesía no es literatura: «En la división habitual de los géneros literarios, yo no incluiría a la poesía. La poesía no sería un género literario, sino otra dimensión del lenguaje, del ser, del crear».

La escritura de poesía tiene sus riesgos. Muchas distracciones atentan contra la creación, entre ellos el afán por aparecer en revistas, antologías, de asistir a reuniones culturales, de participar en talleres y proyectos literarios. Para el escritor, esas actividades no son malas en sí mismas, pero suelen inflar el lado débil de todo escritor: su vanidad, su necesidad de reconocimiento. Tal vez la negación de lo superfluo muestre el costado más descarnado de la visión de Juarroz. Su rigor le ha valido que algunos lo califiquen de cruel.

Soledad

Dijimos que Juarroz concibe la poesía como una experiencia intensa. Esa intensidad puede ilustrarse a partir de ciertas vivencias de su infancia y se relacionan con su hábito de soledad. «(…) tengo esa sensación de cuando las cosas lo conmueven a uno a fondo, y uno las piensa y las reflexiona, y ellas lo persiguen en el plano del pensamiento y también en el del tratar de explicarlas en profundidad. Por ejemplo: entre estas experiencias hay otra que yo recuerdo. Y tiene que ser bastante decisiva. Es algo vinculado con los juegos infantiles. Casi no tenía amigos de mi edad. ¡Cuál fue, entonces, mi elección, mi salida? Jugar solo. Esto sí debe haber sido importante. Porque, como alguien se preguntó alguna vez, ¿quién es el compañero de juegos del que juega solo? Alguien podría extraer de aquí que he seguido jugando solo siempre. Diría que en cierto sentido profundo sí, pero muy relativizado. Siento que he entrado en profunda comunicación con otros seres humanos, pero no es por eso que digo relativizado. Es por esto: porque tal vez la única forma, la única base para la comunicación auténtica es la soledad previa. Y es probable que esa sea mi historia».

Ese fue Juarroz explicado por sí mismo. El siguiente, tal vez el poema más conmovedor que se haya escrito sobre la soledad: «Pienso que en este momento/ tal vez nadie en el universo piensa en mí,/ que sólo yo me pienso,/ y si ahora muriese,/ nadie, ni yo, me pensaría. //Y aquí empieza el abismo,/ como cuando me duermo. /Soy mi propio sostén y me lo quito./ Contribuyo a tapizar de ausencia todo.// Tal vez sea por esto/ que pensar en un hombre/ se parece a salvarlo».

Muerte y amor

También la muerte tiene en Juarroz una versión intensa y aplastante. Entre los muchos poemas que escribió alrededor de la muerte, hay uno que es paradigmático e inolvidable: «Mientras haces cualquier cosa, /alguien está muriendo.// Mientras te lustras los zapatos,/ mientras odias,/ mientras le escribes una carta prolija/ a tu amor único o no único.// Y aunque pudieras llegar a no hacer nada,/ alguien más estaría muriendo,/ tratando en vano de juntar todos los rincones,/ tratando en vano no mirar fijo a la pared.// Y aunque estuvieras muriendo,/ alguien más estaría muriendo,/ a pesar de tu legítimo deseo/ de morir un minuto con exclusividad.// Por eso, si te preguntan por el mundo,/ responde simplemente: alguien está muriendo».

Entre los numerosos poemas que ha escrito inspirado en el amor, hay uno, creo, especialmente profundo y conmovedor: «Mientras duermes/ tu mano me transmite imprevistamente una caricia./ ¿Qué zona tuya la ha creado,/ qué autónoma región del amor,/ qué parte reservada del encuentro?// Mientras duermes/ te conozco de nuevo./ Y quisiera irme contigo/ al lugar donde nació esa caricia».

Destino

Juarroz se ha sentido misteriosamente llamado a ser el poeta que finalmente fue. Pero no ha sido mágico ni regalado todo lo que ha conseguido. Al menos, siempre que pudo, afirmó que la labor poética exige sacrificios. A los 18 años abandonó su fe en Dios en el molde tradicional de las religiones institucionalizadas. Con el tiempo, remplazó su fe con la imaginación y afirmó que, para él, el sentido religioso esencial consiste en sentirse parte de un todo.

Juarroz transmitió a cuantos se le acercaron en busca de una palabra que los guiara en su labor creativa, que la poesía requiere ciertas condiciones. Entre ellas, la apertura, la necesidad y la humildad.

Apertura: el que escribe debe estar siempre abierto, en absoluta disponibilidad. Un poema puede nacer de la contemplación del hecho más trivial.

Necesidad: para hablar de ella, Juarroz citaba siempre una de las voces de su amigo Antonio Porchia: «Digo lo que digo porque me ha vencido lo que digo».

En cuanto a la humildad, este poema de Quinta poesía vertical (1974): «Así como el espacio se acostumbra al espacio,/ yo me he acostumbrado a ser algo.// Cuando desaparezca,/ habrá sencillamente una costumbre menos».

Mientras más leemos a Juarroz, más se nos hace evidente que nos encontramos ante alguien que le dio a la poesía una dimensión abrumadora. Intentó llegar con el lenguaje a donde es muy difícil o imposible estar y permanecer. Y llegó a ver en la poesía una forma de salvación, por eso escribió alguna vez: «En esta búsqueda que nos salva, aunque no sepamos de qué».

Juan López, Mendoza. Suplemento El altillo. Diario Uno. Marzo de 2000.