Esta gran novela de Thomas Mann (Lübeck, Alemania,1875-Zúrich, Suiza, 1955) se publicó en 1924. Fue descripta por el autor como una obra sobre el tiempo, de ahí que sea también un texto filosófico. Ofrecemos dos párrafos del inicio de la novela que ilustran esa afirmación. Un sintético y preciso anuncio de lo que vendrá en las siguientes casi mil páginas.
«Dos jornadas de viaje alejan al hombre –y con mucha más razón al joven cuyas débiles raíces no han profundizado aún en la existencia– de su universo cotidiano, de todo lo que consideraba como sus deberes, sus intereses, sus preocupaciones y sus esperanzas; le alejan infinitamente más de lo que pudo imaginar en el coche que le conducía a la estación. El espacio que, girando y huyendo, se interpone entre él y su punto de procedencia, desarrolla fuerzas que se cree de ordinario permanentes. De hora en hora, el espacio determina transformaciones interiores muy semejantes a las que provoca la permanencia, pero, de manera alguna, las sobrepasan.
»Lo mismo que el tiempo, trae el olvido; pero lo hace desprendiendo la persona del hombre de sus contingencias, para transportarla a un estado de libertad inicial; incluso del pedante y del burgués hace, de un solo golpe, una especie de vagabundos. El tiempo, según se dice, es el Leteo. Pero el aire de las lejanías es un brebaje semejante, y si su efecto es menos radical, es, en cambio, mucho más rápido».
Thomas Mann (1947). La montaña mágica. Traducción del alemán de Mario Verdaguer. Sexta edición. Barcelona: José Janés Editor, p. 6.
