La paz de los misiles

Acerca del libro Sálvese quien pueda, de Luis Scafati

Nunca he comentado un libro de dibujos. No sé cómo empezar, cómo seguir ni adónde llegar. No tengo conocimientos de artes plásticas ni visuales, al menos los que me permitirían opinar sin impunidad sobre cualquier obra de ese tipo. Entonces, voy a escribir sobre la literatura que veo en el libro Sálvese quien pueda, de Luis Scafati (Buenos Aires, Loco Rabia, 2019, 100 páginas).

Escribir sobre cualquier arte, incluida la literatura, puede producir aciertos pero también disparates. Recuerden si no los lectores algún catálogo de alguna muestra plástica, donde el curador o un escritor intenta sintetizar, con palabras pomposas y palabrerío artístico, el sentido de la obra del plástico a presentar, eso sí, necesariamente, con bombos y platillos. Textos pretenciosos y aburridos que nadie necesita, más que, claro, los protagonistas del rito artístico burgués.

Por eso, intento a continuación mantenerme en el campo de lo descriptivo, ya que, entiendo, lo valorativo y estético saltan a la vista y no necesitan explicación. Solo voy a afirmar que el arte de Scafati es punzante, tan vehemente como metafórica. Llama la atención la presencia recurrente de animales, deformados, humanizados, o bien de seres humanos animalizados, hombres con cara de rata, mujeres arácnidas, hombres conejos, pulpos, elefantes, todo tipo de pájaros y también ángeles, nada angelicales ni convencionales.

Las mujeres que dibuja Scafati son y merecen párrafo especial. En el caso de esta obra, las hay hermosas y exuberantes como misteriosas e intrigantes. Si tengo que elegir, me quedo con la «arácnida» de la página 67, sentada, con sus ocho piernas calzadas con taco aguja sobre los que parecen ser los restos de un hombre tendido, atrapado en un capullo de tela de araña, sospechamos.

El libro está compuesto por dibujos y textos. Hay un hilo conductor que comienza con el título de la obra, Sálvese quien pueda, frase típica del individualismo, en evidente clave irónica. Sabemos, toda ironía supone una crítica. La ilustración de la tapa es el dibujo titulado La paz de los misiles, nueva ironía que nos anuncia entonces, lo que va a venir. Pienso que ese dibujo remite de modo inevitable o dialoga con aquella frase de Nicanor Parra que dice:

USA, donde la libertad es una estatua.

Imposible e inconducente describir cada dibujo o resumir, a modo de extracto estético volcado en palabras, todo lo que se dice en este libro. Las obras plásticas son para verlas, pero, insistimos, esta es también para leerla. Es que muchos dibujos, además de llevar un título al pie, tienen palabras y frases en la misma composición. Entre los nombres de los dibujos, destaco los siguientes, que pongo en lista:

Familia tipo camino al abismo

La universidad de la calle, pública o privada, está dura

Gente de letras

El matrimonio perfecto

Obsolescencia programada

Espejitos de colores

Gugleando un síntoma

Fantasías de un ángel jubilado

Adán y Eva en el paraíso fiscal

Síndrome del errante. Visitando los shoppings del planeta

El arte de mantenerse a flote

Fases del frenesí del consumo

La paz de los misiles

El mundo según Wall Street


El libro incluye varios relatos breves. Entiendo que son excusas para hablar de lo mismo que presentan los dibujos: la vida y el arte y su significado en el capitalismo, visto todo desde el Sur, o, para no usar palabras que el autor no usó al menos en esta obra, la vida y el arte y su significado, hoy, ¿solo hoy?, ¿solo desde el Sur?

En el texto Modelos, el autor nos introduce en su pasión y nos explica de dónde toma sus modelos: «Mis modelos están en la calle, habitan mi memoria… (…) no juzgo ni me burlo, solo observo con la voracidad con que mira un dibujante» (p. 10).

En el relato Elogio del autor anónimo se cuenta la historia del escritor oral o juglar urbano Boris Gurruchaga: «Me parecía increíble estar frente al autor más conocido de habla hispana. Nunca escribió sus ideas ni cobró derechos de autor». El narrador le atribuye a Gurruchaga la autoría de los chistes, verdes y no, de los cuentos de Jaimito y de innumerables relatos anónimos que todos alguna vez escuchamos y reproducimos.

Varios dibujos tienen como centro a Kafka y al protagonista bicho-hombre de Metamorfosis, Gregorio Samsa. En el texto Gregor, Samsa afirma sobre sus vecinos: «Sus prepagas, sus tarjetas de crédito, sus seguros contra todo, sus notebooks, sus prozacs y sus lexotaniles les prometen una felicidad blindada, el paraíso perdido».

El texto Viaje al fin de la noche (ver Celine) cuenta y describe un viaje nocturno en «un bondi que venía del infierno» y, entre otras cosas, se dice: «Sentí que la idea del suicidio comenzaba a agujerearme como un gusano» y cierra: «Hay momentos en que entramos al infierno sin darnos cuenta».

En El precio de las cosas, el autor reflexiona sobre el valor del arte, donde no podía faltar la alusión a van Gogh, que vendió, cuenta la historia y magnifica la leyenda, un solo cuadro en su vida y cuya obra vale millones. Y, como contraste con cierto arte, contemporáneo y no, lanza: «… hay una legión de impostores en este barrio, ingenuos que calculan “si algo es caro, es auténtico”, entonces “cotizan” sus engendros a precios siderales, seguramente hay incautos que entran en el juego y “aprecian” lo que ven a través de los números del costo. Pocos confían en lo que sienten, en lo que ven sus ojos y su espíritu más allá del número que señala el “valor”. ¿Cómo llamarlos? ¿Snobs? En el barrio les dicen boludos». Los encomillados son del autor.

En el cuento corto Canje, a modo de anécdota curiosa, se relata el trueque de un trabajo de albañilería que el dibujante necesitaba en su casa, a cambio de un dibujo, el del sapo que fuma en pipa (p. 77).

En la página 85 comienza la sección «Lo peor ya pasó», con dibujos enfocados en la crítica del imperialismo. En la página siguiente, el dibujo La paz de los misiles, que ilustra la tapa –como ya anotamos–, es una estatua de la libertad coronada con misiles.

En la página 94, un texto escrito a mano, Fiesta de la jauría, es una nueva toma de posición del autor en defensa de la lucha de las «viejas locas», las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.

Llegando al final, en la página 98, el dibujo muestra a dos hombres maduros sentados en sofás enfrentados, tomando un trago, y en el globito de diálogo de uno de ellos, puede leerse: «Les hicieron creer que el aire es gratis. Esos populistas son incorregibles».

Ya casi terminamos este recorrido fugaz por este libro elocuente y hermoso, que construye un clima poético por momentos iluminador, por momentos asfixiante, siempre desafiante. Le damos, entonces, la palabra final al gran dibujante. En la contratapa, Scafati señala:

«Los dibujos que conforman este libro fueron realizados, en su mayor parte, con un frasco de tinta china que, paradójicamente, viene de Inglaterra.

«Usé en él muchos kilómetros de líneas, sin pagar peaje alguno.

«Fue un viaje muy placentero porque, para mí, dibujar es casi un juego».

J. L., noviembre de 2021.